Las miradas son el primer punto de conexión en nuestras relaciones, en la mirada nacen impulsos que pueden motivar el acercamiento. La mirada recorre poco a poco nuestro ser, nuestra espiritualidad. La mirada se vuelve tímida, la mirada se vuelve cadenciosa. La mirada nos envuelve. Y más cuando la mirada del otro se frena de manera constante en nuestros labios.

Y si de pronto, así sin más, descubrimos que nuestra mirada se frena en los labios de él o de ella, entonces las pulsaciones se empiezan a acelerar. Poco a poco las palabras se van al rincón de los miedos, de los silencios, de aquello que nuestra alma no quiere mostrar, pero nuestro cuerpo delata, nuestro cuerpo no sabe mentir. Nuestro cuerpo empieza a impulsarnos.

Entonces nace el impulso de la mano. La mano eleva suavemente los suspiros. La mano cambia su distancia y la reduce al mínimo para no dejar que el viento roce los cuerpos. La mano llega al hombro, la mirada sigue atrapada en los labios ajenos. La mano avanza a la espalda, la piel delata. La piel esgrime entre la vellosidad que alerta, entre los jugos internos que se niegan a mantener el desierto de la entrepierna. La mano avanza y la fuerza hace que los cuerpos queden adosados, las pieles se sienten, se descubren, y su timidez comienza la derrota.

 

 

El calor de uno envuelve al otro, la piel de uno se rinde a la del otro. Las manos toman el control. La mirada se nubla, y entonces los labios salivan, y como sabia de árbol recién cortado se pasea por el interior de nuestra boca. Los flujos de la entrepierna no ya nadie los frena. Los flujos de los labios ya nadie los frena; luego poco a poco, como una sinfonía marítima donde las olas van aumentando su volumen y arrogancia, los labios pierden en distancia y finalmente se funden. Y nace el beso.

El beso, con la suavidad misma de los corazones enamorados, vive. El beso que logra apagar las luces del exterior sin tocar las paredes. El beso que nos deja solos, aislados del mundo. El beso que deja de lado al tiempo, que deja de lado a los paseantes, que se olvida de todo lo demás y se envuelve entre las caricias más profundas del alma. El beso que es la huida de una realidad de la que no queremos saber nada. El beso que apaga todas las ausencias y todas las nostalgias. El beso que llena sin comida ni humo de  cigarros el vacío de nuestras bocas.

La temperatura de Venus nos invade, la temperatura de Marte nos controla. Pero somos ya en ese momento seres espirituales que se funden en un instante infinito. Son los besos que nos prenden, son los besos que hacen que nos quedemos preñados del otro, que prenden como leña en una habitación perdida en el bosque de nuestra pasión, que prenden el universo mismo de nuestros corazones. Esos besos son llama, son desiertos ardientes que pueden hacer que olvidemos el calor del sol.

 

 

Los besos que prenden invitan a continuar, invitan a morir en la metáfora de los brazos del otro, invitan a desvelar la intimidad, invitan a querer saborear la piel en todos sus órganos. Las manos dejan todo el sentido a los labios. La piel al final se rinde a esos jugos y los cuerpos se preparan. La piel al final no se niega a nada. Los besos querrán ser el jugo destilado por los cuerpos para mezclar un órganos de sabores y saberes que no entendíamos de él, de ella.

Deja que el otro descubra tus sabores, tus aromas, con besos que prenden. Deja que sus labios recorran poco a poco tu rostro, que desvelen los poros de tu espalda, de tus caderas, de tus glúteos, de tus piernas, y que llegue hasta el punto más anhelado del eros. Deja que los mares de la pasión se mezclen entre fuego y juegos de la sexualidad y espíritu. Y haz lo propio. Vive esos besos que prenden, que una vez que nuestros cuerpos llegan a lo más candente, podrás iniciar la búsqueda para que tu cuerpo y el suyo se vean fundidos en un mar de terciopelo, en un río fundido en la mar.

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